El agüita de la abuela Nivel 59
Palabras de Práctica
Diéresis: güe, güi — la diéresis (¨) indica que la u se pronuncia después de g.
La Abuela riega sus palmeras de coco con la manguera. El pequeño Iván salta a su lado. —Hoy hacemos barritas de coco —dice la Abuela—. Empezamos con los cocos del árbol. —¡Sí! —grita Iván.
Iván brinca por todo el jardín. —¡Crezcan altas! ¡Den cocos enormes! —les grita a las plantas. La Abuela sonríe con su botella de agua en la mano. —¡Así se hace! ¡Sigue así!
La Abuela tiene un elevador de cuerdas y madera, amarrado al árbol más grande. Se sienta en la plataforma como una reina. —¡Gira la rueda! —dice la Abuela. Iván gira la rueda con todas sus fuerzas. La Abuela sube y sube hasta las ramas.
Desde el árbol, la Abuela manda cocos por la rampa. Caen en la canasta. ¡Pum! Uno, dos, tres, cuatro, ¡cinco! —¿Ahora hacemos las barritas? —pregunta Iván. —Ay, no —responde la Abuela—. El trabajo empieza ahora.
La cáscara del coco es gruesa y dura. La Abuela corta con su machete. Iván jala un pedazo. Jala y jala. Nada. —Este coco no quiere ser barrita —dice Iván. —Mala suerte para el coco —dice la Abuela.
Iván quiere escaparse un minuto a la sombra. —¿Y a dónde vas? —pregunta la Abuela—. No hemos terminado. Iván suelta un suspiro enorme. La Abuela tiene razón. Siempre tiene razón.
La Abuela levanta el machete bien alto. ¡Crac! El coco se parte en dos y la agüita salta por todas partes. Iván extiende su tazón y atrapa cada gota. —¡Lo tengo! —grita—. ¡Ni una gota se pierde! ¡Ni una fuga!
Ahora hay que sacar la pulpa. Iván gira la manivela roja con fuerza. Le tiemblan los brazos. —¿Esta es la parte difícil? —gruñe. La Abuela sonríe. —Lo más duro ya está hecho. Iván no le cree ni un poquito.
La Abuela revuelve el coco en la estufa. Un olor dulce y cálido llena toda la cocina. Iván cierra los ojos y respira despacio. —Abuela, ¿eso es lo que creo que es? —pregunta. —Así huele el trabajo duro —dice la Abuela.
La Abuela vacía el coco en el molde y lo alisa con una cuchara. —¡Y ahora, a hornear! —dice. Iván mira todo con la barbilla en las manos. —¿Ya casi terminamos? —pregunta despacio. La Abuela le guiña un ojo. —Casi.
Del horno salen trozos dorados, crujientes y calientes. Iván llena los frascos y aprieta bien las tapas. Un frasco. Dos. Tres. —¿Ahora sí terminamos? —pregunta. La Abuela sonríe. —Terminamos.
Iván agarra un pedazo y lo levanta bien alto. —¡Lo tengo! —grita, y lo muerde. ¡Crac! Crujiente. Dulce. Lo más rico de toda su vida. La Abuela también prueba un pedazo. Los dos mastican y sonríen sin decir nada. Todo ese trabajo tiene su premio. Vale totalmente la pena.