¿Dónde están las calabazas de Zomi? Nivel 78
Palabras de Práctica
Palabras agudas, graves y esdrújulas (consolidación): clasificación completa y reglas de tilde.
Zomi es un zombi verde, y ama su huerto de calabazas más que a nada en el mundo. Cada mañana las revisa una por una. Las riega. Les habla. Hasta les canta una canción, y canta horrible, pero a las calabazas no parece importarles. —Van a ser magníficas —susurra Zomi, y le da palmaditas a la más grande como si fuera una mascota. Las antorchas titilan entre los árboles altos. Zomi sonríe. Esta va a ser su mejor cosecha, quizás un récord.
Y tiene razón. Las calabazas crecen enormes. Tan enormes que Zomi apenas puede ver por encima de ellas. Hasta un pájaro blanco viene a mirarlas de cerca. Zomi llama a su amigo Joaquín. —¡Ven a ver! ¡Son del tamaño de peñascos! Voy a hornear los pasteles de calabaza más increíbles del mundo. La gente va a hablar de mis pasteles durante años. Zomi tiene grandes planes. Planes muy grandes. Pero sus calabazas, al final, tienen planes propios.
A la mañana siguiente, Zomi entra tranquilo a su huerto y se queda congelado. Falta una calabaza. Así, sin más. Desaparecida. Solo queda un pedazo de tierra pelada, con la enredadera cortada de un tajo. —Ni una sola mordida —murmura Zomi, y se agacha bien bajo—. Ni una semilla regada. Algo grande se lleva mi calabaza. Algo muy fuerte, capaz de cargarla entera. Aprieta los ojos—. Pero... ¿qué?
Su amigo Joaquín, un esqueleto pequeño, sale a ayudar con la investigación. Huesos, su perrito, trota a su lado con la nariz pegada al suelo. —Huesos es muy hábil —dice Joaquín—. Va a olfatear al ladrón en un dos por tres. Huesos husmea entre los árboles. Da una vuelta alrededor de una roca. Estornuda encima de un hongo. Después se sienta y se rasca la oreja.
Al día siguiente faltan dos calabazas más. Zomi se para en medio de su huerto con los puños apretados. —¡Esto es un desastre! ¡Una catástrofe! ¡De mis nueve calabazas perfectas ya solo quedan seis! Recorre el suelo vacío con la mirada. Sigue sin haber rastros. Sigue sin haber pistas. Nada.
Esa noche, Zomi y Joaquín se juntan bajo un farol para hacer un plan. —Voy a montar guardia —dice Zomi—. Me escondo en el huerto toda la noche. Cuando aparezca el ladrón, aquí estoy yo, esperando. —¿Estás seguro? —pregunta Joaquín—. Es difícil quedarse despierto tanto tiempo.
Zomi se acomoda en el huerto, con los ojos bien abiertos, listo para todo. Pasa una hora. Nada. Pasan dos horas. Nada. Un bicho se le posa en la nariz. Lo espanta de un manotazo. Una hoja pasa flotando. La mira caer. —Despierto… sigue despierto… —masculla Zomi. Sus párpados se cierran. Su cabeza se hunde. Trata de enderezarse, pero las calabazas son tan redondas y suaves, y la noche está tan tibia y tranquila, y…
Cuando Zomi abre los ojos, el sol ya está saliendo. Mira a la izquierda. Mira a la derecha. Una calabaza. Una. Es todo lo que queda en el huerto entero. —¿¡Cómo!? —chilla Zomi—. ¡Estoy aquí toda la noche! ¿Cómo se llevan mis calabazas sin despertarme? ¿¡Les salen patas y se van caminando!? Lo dice en broma. No sabe lo cerca que está de la verdad.
Joaquín encuentra a Zomi sentado junto a la última calabaza, como un perro guardián. —Hacemos turnos —dice Zomi—. De día y de noche. Las veinticuatro horas. Esta calabaza no desaparece. —De acuerdo —dice Joaquín, y se acomoda a su lado.
Ocurre justo después de la medianoche. La calabaza empieza a tambalearse. Luego empieza a girar, y levanta tierra y hojas en todas direcciones. Huesos ladra y ladra. El suelo se agrieta alrededor de la calabaza. Zomi agarra a Joaquín del brazo. —¿Estás viendo esto?
¡Pum! La calabaza sale disparada del suelo. Pero ya no es solo una calabaza. Tiene piernas. Tiene brazos. Y su cara brilla, con una boca tallada y una gran sonrisa. Zomi y Joaquín se quedan mirando con la boca abierta. —¡Hola! —dice la criatura, y se sacude la tierra de la barriga—. Me llamo Esquel. Lamento lo de tu huerto. Las demás calabazas se despiertan antes que yo y se van a pasear. Trato de decirles que se queden, pero las calabazas escuchan fatal.
A Esquel le encanta tanto la granja que pide quedarse. Y, la verdad, ¿cómo le dices que no a una calabaza que camina y habla? —Este año no hay pasteles —suspira Zomi—. Pero un nuevo amigo es mejor que un pastel. —¿Tú crees? —pregunta Joaquín. —Sí, Joaquín. Sí. Pero por la noche, si escuchas con mucha atención, puedes oír algo allá afuera en la oscuridad. Pasos. Muchos pasos. Y el sonido de unas calabazas… riéndose por lo bajo.