¿Dónde está la gata? Nivel 67
Palabras de Práctica
Artículos: el, la, los, las, un, una — artículos definidos e indefinidos; concordancia de género y número.
—¿Quito? Magui se sienta en la cama y mira alrededor. Su gata no está. Siempre duerme aquí mismo, sobre la almohada. Ahora solo queda un hueco con forma de gata y un bigote blanco. —Quito, ¿dónde estás? —pregunta Magui. Nadie responde. Solo se oye un golpecito debajo de la cama. Pero cuando se asoma a mirar, no ve nada.
Magui sale corriendo hasta el portón de la casa, todavía poniéndose los zapatos. —¡Quito! —grita hacia arriba del sendero—. ¡Quito! —grita hacia abajo. Un pájaro la mira. Un perro al otro lado de la calle la mira. Pero ninguna gata. Entonces lo oye. Un miau diminuto que viene de algún lugar detrás de ella. Magui se da la vuelta de golpe, pero solo ve la cerca.
Magui revisa el lugar favorito de Quito para la siesta: la maceta grande y azul del patio. Quito duerme encima de ella todos los días. Todos. Los. Días. Pero hoy la tapa está vacía. Magui la toca, por si acaso. —¿Quito? ¿Estás dentro de la maceta?
Magui mira detrás de la maceta. Mira al lado de la maceta. Hasta mira debajo de la maceta, lo cual es una tontería, porque una maceta no tiene un debajo. —Esto es un desastre —dice—. Esto es una emergencia. ¡Esta es la peor mañana de mi vida! En algún lugar muy cerca suena un ronroneo.
Magui corre a la parte de atrás de la casa y mete los brazos en el arbusto grande junto al porche. Las hojas se le cuelan por las mangas. Una ramita le pica la oreja. —Quito, si estás en este arbusto, ¡estás en serios problemas! Quito no está en el arbusto. Pero Magui ahora está cubierta de hojas.
—¡Miau! ¡Ahí está otra vez! Magui corre al frente de la casa y se pone la mano detrás de la oreja, como una detective. El sonido viene de… ¿arriba? ¿Abajo? ¿La izquierda? Magui gira en círculo tres veces, como un flamenco mareado.
Magui vuelve a su habitación y se pone de rodillas junto al armario. —A Quito le encantan los espacios pequeños —se dice—. Seguro está apretujada aquí debajo, riéndose de mí. Apoya la mejilla en el suelo y mira dentro del hueco oscuro. Polvo. Un calcetín perdido. Cero gatas.
Magui arrastra su banquito azul y se sube para revisar encima del armario. Más polvo. Una liga. Un libro de la biblioteca de hace tres semanas. Pero ninguna Quito. —He buscado arriba. He buscado abajo. He buscado en un arbusto —dice—. ¿Qué otro lugar queda?
Magui revisa el librero. Mira detrás de cada juguete del estante, uno por uno. —Vamos, Quito. Esto ya no tiene gracia. En realidad, no tiene ninguna gracia. Bueno, tal vez un poquito de gracia. Pero más que nada, ninguna gracia. Magui se deja caer en la silla y hunde la cabeza entre las manos.
Un momento. Hay un lugar que no ha revisado bien. Magui se agacha junto a la cama y mira por debajo. Quito trata ese sitio como si fuera su propia habitación de hotel. Hasta tiene una colección de pelusas de polvo ahí abajo. Magui entrecierra los ojos en la oscuridad. Vacío.
Magui se levanta y pone las manos en la cintura. Ha buscado en el patio. Ha buscado en la casa. Ha buscado arriba y abajo y dentro de un arbusto. —Se acabó —dice—. Necesito ayuda. Necesito a mamá. Necesito un helicóptero de búsqueda. Necesito un robot con láseres para encontrar gatas. Se da la vuelta hacia la cama para sentarse a pensar. Y entonces lo ve.
Un bulto. Un bulto calientito, ronroneante, con forma de gata, justo debajo de la cobija. Magui levanta la esquina, y ahí está Quito. Hecha un ovillo. Cómoda. ¡Con los lentes de sol de Magui puestos! Los lentes de Magui. En la cabeza de Quito. Como una pequeña estrella de cine peluda de vacaciones. —¡Quito! —Magui la levanta en brazos y hunde la cara en su pelaje—. ¿¡Estuviste aquí todo el tiempo!? Quito bosteza. Obviamente.