¿Dónde está Ana? Nivel 74
Palabras de Práctica
Sinónimos y antónimos: palabras con significado igual u opuesto; ampliación de vocabulario.
—¡Listos o no, aquí voy! Tomi se tronó los nudillos y movió el cuello de un lado a otro. Entornó los ojos hacia los campos, serio y concentrado, como el buscador más importante del mundo. Ana andaba por ahí, cerca o lejos, escondida en algún lugar. ¿Y Tomi? Tomi iba a encontrarla en diez segundos exactos.
Ana corrió por los campos abiertos, tan veloz que sus pies apenas rozaban el pasto. Pasó rápida como un rayo junto a las flores silvestres y los cultivos altos. Sonreía tanto que ya le dolían las mejillas. Las casas quedaban lejos, muy lejos, pero aquí afuera había un millón de lugares para esconderse. Solo necesitaba el lugar perfecto.
Tomi marchó entre el pasto alto con pasos grandes e importantes. Izquierda. Derecha. Izquierda. Derecha. Revisó detrás del viejo roble. Revisó junto a la casa de madera. Revisó debajo de una piedra demasiado pequeña para esconder a una persona. —No puede esconderse de mí —murmuró—. Soy el mejor buscador, el más experto, que ha existido.
CRAC. Una ramita se quebró muy cerca. Tomi se quedó congelado. El corazón le latía fuerte, fuerte. Algo se movía en el pasto, cerca de sus pies: algo pequeño, no grande, y muy escurridizo. —¡AJÁ! —Tomi se lanzó—. ¡Te atrapé, Ale...!
Era un perro. Un perro feliz, contento, peludo y completamente inútil, con la cola moviéndose como un limpiaparabrisas. —Tú no eres Ana —gruñó Tomi. El perro ladró una vez, le lamió la mano y se fue trotando a olfatear algo apestoso. Muy servicial. O, mejor dicho, nada servicial.
Tomi vio algo en el pasto alto, debajo de un árbol gigante. Dos ojos verdes y brillantes le devolvieron la mirada. Ojos verdes. Conducta rara, comportamiento escurridizo. Cuerpo escondido en el pasto. —¡Lo sabía! —susurró Tomi, agachándose—. ¡Esta vez sí te atrapé, Ana! —Se acercó sigiloso, más cerca, más cerca, más cerca...
Era un gato. Un gato gruñón, blanco y negro, que le dedicó a Tomi una larga mirada de asco. Luego se alejó entre el pasto como si Tomi no valiera la pena. —¡Ay, por favor! —Tomi levantó las manos. Unas nubes rosadas flotaban por el cielo tranquilo. A ellas tampoco les importaban sus problemas.
Entonces Tomi encontró un hoyo. Un hoyo grande, profundo y oscuro, justo en medio del campo. Una pequeña gallina blanca estaba parada en el borde, asomándose hacia la oscuridad con la cara más calmada que Tomi había visto en su vida. Tomi también se asomó. —¿Ana? ¿Estás ahí abajo?
Pero la gallina SÍ estaba atrapada. Una segunda gallina estaba sentada en una repisa dentro de las paredes de piedra, parpadeando hacia Tomi como si todo esto fuera normal, común y corriente. Tomi suspiró. Construyó una pequeña rampa para que la gallina pudiera salir caminando. —Un rescate listo —refunfuñó—. Y todavía ninguna Ana encontrada.
Tomi se dejó caer en un campo de tulipanes. Rojos. Amarillos. Blancos. Todo un mar de color, y a él no le importaba ni un solo pétalo. —Ya está. Ella gana. Seguro ahorita está de vuelta en casa, tomando chocolate caliente y riéndose de mí. El mejor buscador que ha existido había encontrado un perro, un gato, una gallina y un hoyo. Pero ninguna Ana.
Entonces la vio. Una pierna. Asomándose detrás del árbol grande. Justo ahí. JUSTO AHÍ, a menos de diez pasos, medio escondida entre las flores donde Tomi se acababa de dejar caer. A Tomi se le abrieron los ojos como platos. Se le cayó la boca. Ana había estado ahí TODO ESTE TIEMPO.
Tomi avanzó sigiloso, con pasos silenciosos. Un paso. Dos pasos. Ana todavía no lo veía. Entonces, rápido como un gato, pero mucho más simpático que el anterior, estiró la mano y... —¡PUM, LA TRAES! —Le tocó el hombro antes de que pudiera correr. Ana giró, con la boca abierta, riéndose. —¡NO PUEDE SER!