¿Debo mirar la joya? Nivel 49
Palabras de Práctica
Repaso de letras espejo: b vs d — discriminación sistemática entre b y d.
A Esteban le ruge el estómago. Mira la esmeralda que tiene en la mano. Luce como un sol pequeño y verde. ¡Qué bonito! Todo queda en silencio. Esteban parpadea. Ahora el sol está arriba, muy arriba. —¿No era de mañana? Qué raro —dice, y guarda la gema en el bolsillo.
Una banda de aldeanos camina por el sendero. Uno lo mira muy serio. Una vaca pasa despacio, moviendo la cola. Esteban ve a un carnicero y a un campesino. Sonríe. —¡Aldeano! Eres justo a quien necesito. Palmea la esmeralda del bolsillo. Una gema verde por un pollo asado. ¡El cambio más fácil de su vida!
Esteban se acerca al carnicero y le toca la espalda. El aldeano voltea. —Mmm —murmura. —¡Hola! —dice Esteban—. Debo comer algo. ¿Qué tienes para mí?
Esteban saca la esmeralda y la extiende. El carnicero abre unos ojos enormes y retrocede a pasos torpes. —¡Mmm! ¡Mmm! Los aldeanos chocan unos con otros y agitan las manos. ¡Parece un baile de pánico! Esteban guarda la gema. Los aldeanos se callan al instante.
Ya nadie quiere comerciar con él. Bien. Esteban busca comida a la antigua. Se asoma a una choza. Dos aldeanos miran algo que luce naranja sobre una mesa. Ni voltean a verlo. —Debo tener cuidado —murmura Esteban. Lo último que necesita es que el gólem de hierro lo vea como un peligro.
Siguiente choza. ¡Un cofre! Esteban abre la tapa. Dentro hay pan y lingotes de hierro. ¡Bendito pan! Esteban lo muerde con hambre. Luego deja hilos y palos dentro del cofre. Esteban siempre deja algo a cambio. No le gusta la deuda. —Panza llena —dice—. Ahora, a averiguar qué pasa con esta gema.
En un rincón, Esteban ve un gato sentado, muy quieto. Estira la mano para acariciarlo. ¡Pero toca piedra fría! No es un gato real. Es una estatua. Entonces un gato de verdad, bonito y naranja, entra corriendo y se detiene junto a su rodilla. Esteban espera. El gato no lo mira. No ronronea. No parpadea. Está congelado, igual que la estatua.
El corazón de Esteban late fuerte. Recuerda al carnicero asustado. Se mira el bolsillo. ¡La esmeralda! Da un paso atrás. Dos. Tres. El gato parpadea y sale disparado por la puerta, como un torbellino naranja. Ya no hay duda: la esmeralda congela el tiempo. Congela al gato. Y también lo congela a él, bajo el sol, horas y horas. Por eso los aldeanos entran en pánico. ¡Ellos ya saben!
Esteban sale afuera y se recuesta contra la cerca. El sol se pone y pinta todo de dorado y naranja. Un día entero, perdido. La esmeralda zumba en el bolsillo. Quiere que la mire. Solo un vistazo más... Esteban sujeta el barandal de la cerca con fuerza. Ya lo sabe: tiene una esmeralda maldita. —Ni hablar. No debo tocarla. Y de una cosa está seguro: pase lo que pase, ¡NO la va a tocar!