Darío, el generoso Nivel 70
Palabras de Práctica
Sufijos: -ción, -mente, -oso/-osa — uso de sufijos para formar sustantivos, adverbios y adjetivos.
—¡Es mío! —grita Darío, y jala el peluche morado con las dos manos. Su hermano Mario jala más fuerte. El juguete se estira entre los dos. A Mario se le pone la cara roja. A Darío se le ponen los nudillos blancos. Ninguno lo suelta. —Yo. Lo. Tenía. Primero —dice Darío con los dientes apretados. Pero Mario jala con más fuerza todavía.
¡Pum! Los platos caen al piso y se rompen en pedazos. Mamá entra con los brazos cruzados. Eso, claramente, nunca es buena señal. Los señala a los dos. —A la cama. Ahora.
Darío es generoso con Mario. Comparte su comida. Le arregla los juguetes que se le rompen. Da y da y da. Pero a veces, solo a veces, desea tener una sola cosa que sea nada más suya. Mira su pequeño tractor, ahí en la tierra, a su lado. Un tractorcito. Es lo único que Mario no le agarra, no le quita y no le aplasta.
Entonces Darío ve algo en el patio que le hace olvidar completamente los tractores. Un elefante. Un elefante de verdad, enorme, parado detrás de los arbustos. Darío pasa despacito junto a Mamá, cruza el pasto sin hacer ruido y trepa hasta su lomo. El elefante levanta la trompa, da un paso gigante y allá se van.
Cabalgan por una llanura amplia y hermosa, donde el cielo parece no terminar nunca. Darío siente el viento tibio en la cara y sonríe. Sin hermanos. Sin peleas. Sin compartir. Solo él y el mundo entero. A lo lejos camina una manada de elefantes. Entonces Darío ve algo bajo un árbol grande. Alguien pequeño, agachado entre el pasto. La sonrisa de Darío desaparece. —¿Mario? —susurra.
Un elefante se aparta de la manada y corre directo hacia Mario. Sus patas hacen temblar la tierra. Mario huye rápidamente. Mueve los brazos y vuela sobre el pasto, pero el elefante furioso es más rápido. Mucho más rápido. Rompe los arbustos justo detrás de él. —¡Corre! —grita Darío.
Mario llega al árbol y empieza a trepar. Agarra rama tras rama y se impulsa hacia arriba, bien alto, entre las hojas. Aprieta la madera tan fuerte que le tiemblan los brazos. A salvo. Por ahora. Darío lo mira desde lejos, con el corazón a mil. Ya no quiere estar solo. Ahora lo único que desea en todo el mundo es que su hermano esté bien.
—¡Vamos! —Darío da una patadita con los talones—. ¡Más rápido! Su elefante estira las patas y galopa a toda velocidad. El viento le ruge en los oídos. Darío se inclina hacia adelante y señala el camino con el brazo. El árbol está cada vez más cerca. Ya casi. —¡Agárrate, Mario! —grita—. ¡Ya voy!
Demasiado tarde. El elefante furioso enrosca la trompa en una rama y jala. La madera cruje. Se dobla. Se quiebra. Mario abre mucho los ojos. Se agarra más fuerte, pero ahora todo el árbol se sacude. —¡Para! —grita Darío. El elefante jala con más fuerza. ¿Cuánto más aguanta esa rama?
Darío salta de su elefante y cae sobre una rama baja. Trepa rápidamente y estira el brazo todo lo que puede. —¡Agárrate de mi mano! Mario baja la mano. Sus dedos se rozan. Tan cerca. Darío se estira hasta que le arde el hombro.
La trompa se enrosca en la cintura de Darío y lo arranca del árbol. Sus piernas patean el aire. Sus brazos buscan a su hermano. —¡Agárrate! —grita Darío. Pero esta vez no le habla a Mario. Se lo dice a sí mismo. Porque, aun colgando de la trompa de un elefante furioso, Darío solo piensa en una cosa: por favor, que mi hermano esté a salvo.
—¡Darío! ¡Despierta! —Mamá está sentada al borde de su cama y le pone la mano tibia en la cabeza—. Estás gritando dormido. Darío parpadea. Su cuarto. Su cobija. Su almohada. Un sueño. Todo es un sueño, solo una pesadilla. Mario está junto a la cama y lo mira con ojitos suaves y preocupados. Darío le agarra la mano y la aprieta fuerte. —Mañana puedes jugar con mi tractor —le susurra. Mario sonríe. Y por una vez, ninguno de los dos se suelta.