¿Cuánto pesa? ¡Vamos a ver! Nivel 83
Camilo está sentado en la ladera, junto a un árbol grande. Tiene una roca en una mano y una pluma en la otra. —Apuesto a que la roca llega primero al suelo —dice—. ¡Es muy pesada! La pluma va a bajar flotando despacio, como una nube perezosa. Levanta las dos bien alto. Está listo para soltarlas. Pero entonces se detiene. —Espera. ¿Cuánto más pesada es la roca? ¿Un poco? ¿O mucho?
Camilo mira la roca. Es dura. Es sólida. Las rocas nacen en lo profundo de la Tierra, donde el calor y la presión las aprietan durante mucho, mucho tiempo. Mira: aunque un elefante la apriete con toda la fuerza de su trompa, la roca conserva su forma. Bajo el sol más ardiente, se mantiene fresca y fuerte todo el día. ¿Quieres morder una? Mejor… no lo hagas.
—Una roca se parece un poco a un elefante —dice Camilo—. Los dos tienen un montón de masa, y los dos se quedan justo donde están. Para demostrarlo, intenta empujar al elefante por el camino. Empuja y empuja y empuja con todas sus fuerzas. Los pies se le resbalan en la arena. El elefante no se mueve ni un centímetro. Se queda ahí sentado, parpadeando. —Ya entendí —resopla Camilo.
Una pluma no se parece en nada a una roca. Es suave y tan ligera que puede flotar con la brisa. Camilo levanta las dos otra vez, una en cada mano. La roca le baja el brazo. La pluma le hace cosquillas en los dedos. —Una de ustedes puede salir volando con el viento —dice—. La otra se queda ahí sentada, como un bulto gruñón. Pero ¿qué tan gruñón? ¿Qué tan pesado? Necesito el número exacto.
Camilo levanta la roca por encima de su cabeza y la mira fijo. En algún lugar dentro de esa piedra hay un número. Un peso secreto, bien guardado. —¿Pesas cinco kilogramos? —le pregunta—. ¿Diez? ¿Cien? La roca no dice nada. Típico. Nadie puede adivinar el peso de algo solo con levantarlo. El verdadero número es como una contraseña. Se necesita la herramienta correcta para descifrarlo.
—¡Papá! —grita Camilo—. ¡Ayuda! ¡Necesito ayuda! Papá sube por la entrada cargando una balanza de dos platillos. —¿Alguien dijo pesar? —Se ve demasiado emocionado con la idea.
Papá levanta un frasco de agua. —Primero necesitamos algo que pese exactamente un kilogramo. Este frasco, lleno hasta el tope de agua, pesa justo eso. Un frasco. Un kilogramo. Dibuja un diagrama como si fuera el descubrimiento más brillante de todos los tiempos. Un frasco es igual a un kilogramo.
—Pero papá, ¿tener más de algo siempre lo hace más pesado? —¡Para nada! —dice papá—. Imagina esto: diez vacas de un lado de una balanza gigante. Doscientos perros del otro. ¿Quién gana? —¡Los doscientos perros! —grita Camilo—. ¡Son muchísimos más! —¡Te equivocas! Ganan las vacas. Diez vacas pesan más que doscientos perros. La masa no se trata de cuántos son. Se trata de cuánta materia hay apretada adentro.
Camilo mira a su alrededor. Las colinas. El cielo. El enorme planeta entero bajo sus pies. —¿Podemos pesar la Tierra? —susurra. Papá se ríe. —¡No existe una balanza tan grande! Pero escucha: no necesitamos una. Podemos calcularlo con matemáticas. Camilo se queda mirándolo. ¿Se puede pesar un planeta entero con matemáticas?
—La Tierra pesa lo mismo que cinco mil millones de miles de millones de jarras de agua —dice papá. Camilo intenta imaginar tantas jarras. No puede. Nadie puede. El número es tan grande que puedes llenar una pizarra entera y todavía te falta espacio. 5.974.000.000.000.000.000.000 kilogramos. ¡Vamos, intenta decirlo en voz alta!
—Bueno, ¿pero qué pasa con mi pluma? —pregunta Camilo—. ¿Cuántas plumas se necesitan para igualar un kilogramo? Papá prepara la balanza. De un lado, el frasco de agua. Del otro lado, plumas. Las apilan y las apilan y las apilan, cada vez más alto, hasta que la montaña de plumas es tan alta como la torre de un aeropuerto. Un pájaro se para en la barra a mirar. Una mariposa vuela cerca. Entonces la balanza se equilibra. El mismo peso. Pero un lado es diminuto y el otro es enorme. ¡Increíble!, ¿no?
Camilo inclina la cabeza hacia atrás y observa cómo la lluvia empieza a caer. Una gota le cae en la mano. Apenas la siente. No pesa casi nada. —Pero miles de millones de casi-nadas forman el mar entero —dice en voz baja. Está empezando a entender. Las cosas pequeñas se suman. Las cosas livianas pueden ser pesadas. El mundo está lleno de trucos como ese.
Ahora Camilo se sube a la balanza. ¡Treinta kilogramos! Más que una sandía. Mucho menos que un elefante. Levanta la roca. Levanta la pluma. Las extiende frente a él, una al lado de la otra, igual que antes. —Ya lo sé todo sobre ustedes —dice con una gran sonrisa—. ¿Listas? Tres, dos, uno... ¡Las suelta! ¿Cuál crees tú que toca el suelo primero? Ve a averiguarlo.