¡Cuaa-cua-cuaaa! ¿Amigos? Nivel 70
Palabras de Práctica
Sufijos: -ción, -mente, -oso/-osa — uso de sufijos para formar sustantivos, adverbios y adjetivos.
Iván es un cuervo. Vuela desde el amanecer y sus alas se sienten pesadas, como toallas mojadas. Pero a Iván no le importa. Tiene un plan. Un plan grande, hermoso y completamente genial. —Voy a buscar amigos —se dice a sí mismo—. Y con mi voz maravillosa, los voy a dejar con la boca abierta.
Desde el cielo, Iván los ve. Una coneja, un gallo y una lagartija descansan bajo un árbol enorme. —Perfecto —susurra. Y baja en picada con su mejor sonrisa. —¡Hola! ¡Soy Iván! ¿Quieren escuchar algo increíble? La coneja da un brinco. El gallo parpadea. La lagartija solo sonríe desde una piedra calientita. Nadie dice que no. Y para Iván, eso claramente significa que sí.
Iván abre el pico y canta su canción. No suena increíble. Suena como un camión de bomberos pasando por encima de una bolsa llena de gatos. —¡Cuaa-la-la-laaa! La coneja aprieta los ojos. Al gallo se le paran todas las plumas. Hasta la lagartija, que es pura sonrisa, pone cara de haber mordido un limón.
Iván salta a la rama más alta, echa la cabeza hacia atrás y canta con todas sus fuerzas. Ojos cerrados. Alas abiertas. A todo volumen. —¡Cuaa-cua-cuaaa! Allá arriba, Iván no oye absolutamente nada por encima de su propia voz. Y eso le parece estupendo. Canta felizmente. Suena magnífico. Bueno, eso es lo que él se dice.
Abajo, los animales corren. La coneja sale disparada tan rápido que se le aplastan las orejas. El gallo escapa a los tropezones, cacareando. La lagartija desaparece como por arte de magia. Iván termina su gran nota y abre los ojos.
Sus nuevos amigos ya no están. Ni uno solo. Iván se queda solo bajo el árbol enorme. El sol se siente menos cálido que antes. Suspira tristemente. —Seguramente tienen que ir a algún lado —dice en voz baja. Luego infla el pecho—. ¡Voy a practicar! ¡Voy a cantar tan bien que la próxima vez no van a poder irse! —Y se va dando saltitos, muy decidido, a buscar el lugar perfecto.
Iván prueba una rama. Demasiado tambaleante. Prueba otra. Demasiadas hojas. Prueba una tercera. Una ardilla le lanza una bellota. —Todos se creen críticos —murmura Iván. Sigue buscando lentamente, ladeando la cabeza, escuchando la brisa. En algún lugar lo espera la rama perfecta para la canción perfecta.
Iván aterriza muy arriba, en la copa de un árbol, y mira hacia abajo. Allí, en un rincón iluminado por el sol, hay una pequeña banca de madera. Solita. Quieta, como si esperara a alguien. Iván se inclina hacia adelante. Abre mucho los ojos.
—¡Eso no es una banca! —exclama Iván—. ¡Es un escenario! Ya se lo imagina todo con emoción. ¡Luces! ¡Música! ¡Un público lleno de admiradores coreando su nombre! Entonces una idea nueva aparece en su cabeza. Algo en lo que nunca ha pensado. ¿Y si no solo les canta a sus amigos? ¿Y si los deja cantar a ellos también?
Iván consigue un micrófono. No pregunten de dónde. Lo instala justo en el pequeño escenario de madera. Uno por uno, los animales se asoman por el sendero. —¿Qué es esa cosa? —pregunta la coneja, con las orejas bien paradas. —Parece peligroso —dice el gallo. —Parece divertido —dice la lagartija. Iván sonríe. —¿Quién quiere ser el primero?
—Tú —dice Iván, señalando al gallo con un ala—. Súbete aquí. El gallo niega con la cabeza. —Ay, no. No, no, no. Yo no canto. —Solo inténtalo —dice Iván amablemente. El gallo se acerca al micrófono. Abre el pico. Y sale el sonido más hermoso y alegre que se ha escuchado jamás. Al gallo se le ponen los ojos enormes. —¿Ese era yo?
—¡Me toca! —La lagartija trepa al escenario. Empieza suavemente, apenas un susurro. —¡Más fuerte! —la anima Iván, abriendo las alas. Ella canta más fuerte. Después más fuerte todavía. Y luego suelta un ritmo tan pegajoso que el pie de la coneja empieza a dar golpecitos y ya no quiere parar. —¡No lo puedo controlar! —ríe la coneja, brincando alegremente—. ¡Mis patas no me hacen caso!
Entonces la coneja ve los tambores. —Oh —dice—. Oh, sí. Agarra las baquetas, cierra los ojos y se suelta. ¡Bum-ta-bum-bum-ta! Canta y toca al mismo tiempo, como si lo hubiera hecho toda la vida.
Entonces los tres se voltean hacia Iván. —Te toca —dice la lagartija. Iván se queda congelado. Por primera vez en su vida, siente nervios. ¿Y si vuelven a salir corriendo? —¡Canta! —gritan todos. Iván se pone bajo la luz. La coneja toca su tambor. El gallo abre las alas. E Iván abre el pico y canta con todo su corazón, fuerte y ruidoso. Y nadie corre. ¡Nadie!
Y así nace la Banda del Patio. El gallo canta. La lagartija toca la guitarra. La coneja aporrea los tambores con muchísima emoción. ¿E Iván? Iván baila libremente. Las alas abiertas, las patas volando, las notas dando vueltas a su alrededor. La verdad, la voz de Iván nunca mejora. Pero a sus amigos no les importa. Porque Iván no encuentra amigos por ser un cantante famoso. Los encuentra precisamente cuando entrega el micrófono.