¡Clic! ¿Quién apagó las luces? Nivel 84
Palabras de Práctica
Anglicismos y préstamos lingüísticos: reconocer palabras tomadas del inglés y otros idiomas.
El festival es la noche más brillante del año. Rayos de luz salen de la fuente y del alto monumento, y pintan el cielo oscuro de dorado. Un niño va montado en los hombros de su papá, agita una banderita y sonríe tanto que le duelen las mejillas. —¡La mejor noche de todas! —grita. Alrededor, la gente levanta sus teléfonos para tomar fotos. Nadie nota la sombra al borde de la multitud, que observa todo… y refunfuña.
Desde lo alto, el pueblo brilla como una cajita llena de velitas. Una luz dorada sale de cada casa, de cada tienda, de cada ventana. Y arriba, en el rincón más oscuro del cielo, alguien no está nada contento con eso. —¡Mírenlos! —refunfuña la Oscuridad—. ¡Luces por todas partes! ¿Acaso no saben que la noche me pertenece a mí?
Entonces la Oscuridad se mete en una casita y apaga las luces. Así, sin más. Un niño está sentado a la mesa y parpadea. No puede ver su cena. Estira los dos brazos, choca con las sillas y busca la puerta con las manos. Al final salta a su cama y se tapa con las cobijas hasta la cabeza. —¡¿Quién apagó las luces?! —susurra.
La Oscuridad pasa de casa en casa y apaga interruptor tras interruptor. Una familia tiene que juntarse alrededor de una sola vela para verse las caras. Un niño aprieta los ojos y trata de leer un libro junto a la pequeña llama. Dos niños se meten a la cama porque no hay nada más que hacer. Hasta el gato parece molesto. —Esto —dice la Oscuridad, orgullosa— es como la noche debe ser.
Pero afuera, las calles todavía brillan. Los postes de luz y los semáforos parpadean y zumban. Los carros y los autobuses ruedan tranquilos, y la gente cruza por el paso de peatones sin ninguna preocupación. Un niño está sentado en la banqueta con un perrito, mirando todo. La Oscuridad se asoma desde un techo y gruñe. —¡Ay, no puede ser! ¿¡Más luces!?
Clic. La Oscuridad apaga todos los faroles y todos los semáforos de un solo golpe. Los carros chocan contra los autobuses. Los camiones se enredan en medio del cruce. La gente tropieza entre los vehículos, agita los brazos y grita. Nadie puede ver nada. —¡¿Quién apagó las luces?! —gritan todos.
Lo siguiente es la feria. ¡Y es deslumbrante! Los niños chillan de alegría en un carrusel de colores, montados en caballos pintados bajo una cúpula de luces doradas. Una enorme rueda gigante centellea contra el cielo estrellado. Las familias pasean entre puestos de juegos y de comida, y cada juego gira, brilla, vive. La Oscuridad echa un solo vistazo y su ojo tiembla. —Eso —sisea— es lo más brillante que he visto en toda mi vida.
Clic. La rueda gigante gime y se detiene. El carrusel se queda en silencio. Un niño en la parte baja de la rueda mira hacia arriba con los ojos bien abiertos y preocupados. En el suelo, dos niños sostienen un globo y miran hacia la nada. Sin música. Sin risas. Sin juegos. Solo oscuridad. —¿Quién apagó las luces? —dice uno de ellos en voz baja.
Sobre el agua, una sola luz sigue encendida. Un faro alto, de rayas rojas y blancas, barre con su rayo de luz las olas oscuras para alejar a los barcos de las rocas. Un gran barco y un pequeño bote de remos navegan cerca, seguros y tranquilos bajo ese resplandor. La Oscuridad los ve desde la orilla y gruñe. —Esa es la última.
La Oscuridad se traga la luz del faro entera. Un barco enorme surca las olas revueltas, directo hacia el pequeño bote de remos. El niño que va dentro se aferra a sus remos y grita. En la orilla oscura, el faro está en silencio. Sin señal. Sin aviso. Y de pronto, la Oscuridad siente algo que nunca antes ha sentido. Un nudo en la panza. Un escalofrío. —Ay, no —susurra—. ¿Qué hice?
La Oscuridad no lo piensa. Solo suelta todo. Todas las luces del pueblo vuelven a encenderse de golpe. Los faros del tren atraviesan la noche. Los carros ruedan seguros por las calles. Las casas brillan cálidas por dentro, y la feria lejana centellea de nuevo en el horizonte. Todo el pueblo zumba y resplandece, lleno de vida. Pero la Oscuridad se queda atrás, sola en el cielo, sintiéndose muy pequeña.
Entonces cuatro niños salen a la calle. Uno agita una varita brillante con forma de estrella. Otro se ríe enredado en una guirnalda de lucecitas. Otro carga una linternita, y el último hace girar una vara luminosa verde sobre la cabeza. No están espantando a la Oscuridad. ¡Están jugando dentro de ella! El niño de la linternita mira hacia arriba. —¡Oye! Las estrellas no brillan sin ti, ¿sabías? La Oscuridad parpadea. Y entonces, por primera vez en la vida, sonríe. Resulta que las mejores luces no son las que luchan contra la oscuridad. Son las que bailan con ella.