¿Aquí, allá o allí? Nivel 57
Palabras de Práctica
Palabras agudas: acento en la última sílaba; llevan tilde cuando terminan en n, s o vocal.
Perezoso está cansado. Muy, muy cansado. Sus brazos parecen fideos y sus piernas parecen gelatina. —Necesito una siesta —bosteza—. La siesta más grande de toda la selva. Solo necesito el lugar perfecto. ¿Quizás está por acá?
Perezoso mira un árbol alto, lleno de ramas. —¡Allí está mi lugar! —dice. Se agarra del tronco y empieza a trepar. Despacio. Muy despacio. Así hacen todo los perezosos. Pero su corazón está lleno de sueños.
A mitad del árbol, Perezoso encuentra una rama con una curva preciosa. Parece una hamaca. Se engancha con sus cuatro patas y suelta un suspiro. —Es aquí. Nada puede salir mal.
¡Ay! Algo grande y húmedo toca la espalda de Perezoso. Mira hacia arriba. ¡Una jirafa lo está masticando! —¡Yo no soy una ensalada! —chilla Perezoso. Pero el musgo verde de su pelaje parece hojas. La jirafa da un mordisco más. Perezoso trepa más alto. Adiós a ese lugar.
Perezoso encuentra una rama nueva, lejos de la jirafa. Unas mariposas pasan volando. Una brisa tibia le hace cosquillas. —Ahora sí, este es el lugar —dice—. Sin jirafas. Solo paz. Nada puede salir mal. Cierra los ojos. Otra vez lo dice. ¿No va a aprender jamás?
¡Bzzz! Una colmena enorme cuelga de la misma rama. Una abeja se le posa en la nariz. Otra en la oreja. Tres más en la panza. —Mejor me voy para allá —susurra Perezoso, soltando una pata a la vez—. Linda colmena. Por favor no me piquen.
Más arriba, Perezoso abraza el tronco y mira hacia arriba. Algo cuelga de una rama. Algo largo, delgado y escamoso. —¿Eso es una cola? —pregunta—. ¿Hola? ¿Hay alguien allá arriba? ¿Es una cola amistosa? ¿Una cola que no me quiere comer?
¡Sss! Una serpiente baja de la rama y pone la cara justo enfrente de Perezoso. —¡Ocupado! —sisea la serpiente—. ¡Yo llegué primero! ¡Busca tu propio lugar! —¡Está bien, está bien! —Perezoso trepa hacia arriba muy rápido. Bueno, rápido para un perezoso. No mira atrás.
Perezoso casi no puede abrir los ojos. Le duelen las patas. Le duele todo. Arriba hay un pájaro en una rama. Pero la rama de abajo está vacía. Hermosa. —Por favor —susurra Perezoso—. Que este sea el lugar. Esta vez no digo nada. Solo quiero dormir aquí.
—¡Ja-já! ¡Ja-já! —El pájaro echa la cabeza hacia atrás y le grita al cielo. —¿Es en serio? —dice Perezoso, colgado de cabeza—. ¿Haces esto todo el día? —¡Ja-já!
Solo queda un lugar: la punta del árbol. Perezoso trepa el último tramo. Envuelve el tronco con sus cuatro patas. Enrosca la cola. Se acurruca en una manta de hojas frescas. Sin jirafas. Sin abejas. Sin serpientes. Sin pájaros. Solo cielo y silencio. Perezoso cierra los ojos. Y esta vez, no los abre. Por fin duerme allá arriba.
Después llega la noche. El árbol está lleno. Perezoso duerme en la punta. El pájaro está en el medio, por fin callado. La serpiente está enroscada más abajo. Y la jirafa mira hacia arriba desde el suelo. —¿Y yo dónde voy a dormir? —pregunta la jirafa. Nadie responde. Todos duermen. Bueno, todos menos las abejas.