¡Alas pequeñas! Nivel 65
Palabras de Práctica
Sustantivos — género (masculino/femenino): terminaciones -o (masc.) y -a (fem.); excepciones.
Pepe es un pájaro redondo que sueña con volar. Sueña todo el día: en el desayuno, en la bañera, hasta dormido. Sueña tan fuerte que las plumas le tiemblan. Pero hay un problema. Sus alas son muy pequeñas y su cuerpo es grande. Por más que aletea, sus patas no se despegan del suelo. Hoy eso va a cambiar. Pepe agarra su mochila y sube por el camino de piedras hasta la Academia de Vuelo.
En el camino, Pepe se imagina todo. ¡Va a pilotear aviones! ¡Va a cruzar el cielo como una estrella! Las cámaras lo van a seguir a todas partes. —¡Por aquí, Pepe! —van a gritar sus admiradores—. ¿Me das una foto? ¿Me das un autógrafo? Pepe practica su saludo de estrella de cine. Mano a la izquierda, mano a la derecha. Ya está listo.
La primera clase no sale nada bien. Pepe aletea con todas sus fuerzas. Sube dos centímetros, se tambalea en el aire un segundo glorioso y luego… ¡plaf! Cae de cara en la cima del cerro. Ahí se queda, con el pico en la tierra y las patas apuntando al cielo. Cuatro pájaros de su clase se ríen tan fuerte que uno hasta resopla.
Los cuatro pájaros vuelan en círculos sobre la cabeza de Pepe. Presumidos. —Ríndete —dice uno—. Nunca vas a volar con esas alitas. —Sí —dice otro—. Los pájaros como tú no vuelan. Pepe se levanta, se sacude la tierra de la bufanda y se aleja por el camino. El sol le calienta las plumas, pero su corazón está frío.
Los pájaros como yo no vuelan. Las palabras se le quedan a Pepe en el pecho como una piedra. Los otros pueden girar y planear por el aire, y él ni siquiera puede despegar del suelo. Pero cada vez que intenta soltar su sueño, el sueño se agarra más fuerte. ¿Y si están equivocados? ¿Y si los pájaros como él vuelan… de otra manera?
Esa noche a Pepe se le ocurre una idea tan grande que tira su jugo. Si sus alas son muy pequeñas, ¡va a construir unas más grandes! Agarra cartón. Agarra cinta. Agarra un martillo, porque todo gran invento necesita un martillo. Corta. Pega. Se golpea el dedo dos veces y dice: ¡ay!, muy fuerte. Y cuando levanta sus alas nuevas, casi puede verse dando vueltas por el cielo.
Pepe lee todos los libros que encuentra sobre cómo funcionan las alas, y dibuja planos en una pizarra hasta que le da vueltas la cabeza. Después construye un par nuevo: alas más grandes, más fuertes, que se doblan justo donde deben doblarse. Se ajusta las gafas y estira las alas. Crujen. Se flexionan. Pepe siente que de verdad, de verdad, pueden funcionar.
La voz corre por todo el valle. Ese pájaro de las alas de cartón va a saltar del cerro. Pepe se para en el muro de piedra de la cima, con las alas bien abiertas y el viento en la bufanda. Abajo se junta una multitud. Unos agitan banderas. Otros lo animan. Otros susurran que ni de broma. Pepe respira hondo. Dobla las rodillas. Y salta.
El viento atrapa sus alas y ¡fuuush! ¡Pepe sale disparado hacia el cielo como un corcho de una botella! Se lanza en picada. Gira. Da vueltas como un balón. Hace tantas piruetas que las gafas se le empañan. ¡Lo hace otra vez, con los ojos cerrados! solo porque puede. —¡Los pájaros como yo sí vuelan! —grita, y su voz hace eco por todo el valle.
Pepe baja en picada y aterriza con un derrape, un tropezón y la sonrisa más grande de su vida. Entre sus alas levanta sus tarjetas doradas de vuelo, que brillan bajo el sol. Se las gana él solo. Construye sus alas él solo. Lo hace todo a su manera. Resulta que los pájaros como Pepe sí vuelan. Solo necesitan alas más grandes.