¿Adivinas qué dibujé? Nivel 82
Palabras de Práctica
Repaso de diéresis (güe, güi): refuerzo en contexto de escritura expositiva.
Pablo tenía un talento secreto. Bueno, en realidad no era tan secreto. Todo el mundo sabía que Pablo podía dibujar. Llenaba cuaderno tras cuaderno con dibujos, y su mamá siempre le compraba uno nuevo. Pero había algo especial en Pablo: él no solo dibujaba, también jugaba un juego. —¡Adivina qué dibujé! —decía siempre. Y nadie, nunca jamás, lo adivinaba.
Hoy, Pablo tomó su lápiz amarillo y sonrió de oreja a oreja. —¿Listo? Solo lo voy a dibujar una vez. Empezó con un círculo grande. Después, dos círculos más pequeños encima.
Dos ojos enormes parpadearon desde la hoja. Eran redondos y sorprendidos, como si acabaran de ver un fantasma. —¿Es una rana? —podrías decir—. ¿O tal vez un búho? Pablo negó con la cabeza lentamente.
Pablo se acercó mucho a la hoja. Su lápiz se movía con trazos pequeños y cuidadosos, rellenando el círculo grande hasta dejarlo completamente negro. No se apuró. No tembló. Se mantuvo justo dentro de las líneas. —Esta parte tiene que quedar perfecta —susurró—. Si no, todo el dibujo se ve chistoso.
Después, Pablo dibujó una forma que parecía exactamente una caja. Una caja común, aburrida, de lo más normal. ¿Una caja? ¿Con ojos? ¿Qué clase de criatura tiene una caja de cuerpo? —¡Un robot! —podrías gritar.
Cuatro patas aparecieron debajo de la caja. Una, dos, tres, cuatro, cada una con patitas en la punta. —¿Está vivo? —podrías decir con la boca abierta. Pablo asintió con orgullo.
Pablo espió una foto en su computadora y luego volvió a su dibujo. Debajo del gran círculo negro, agregó una sonrisa amplia y curva. Esa sonrisa. Esa sonrisa traviesa, estirada, demasiado grande. —¡Un gato! —podrías gritar—. ¡Seguro que es un gato!
Pablo levantó su lápiz como si fuera una varita mágica. Le brillaban los ojos. —Una cosa más —anunció—. Solo una cosita chiquita. Y entonces vas a saber exactamente lo que es. Estaba disfrutando demasiado. Le daba un poquito de vergüenza admitirlo, pero no podía parar de sonreír.
Una cola. Apuntando hacia arriba como una antena. No era una cola peluda de zorro. Ni una cola enroscada de cerdo. Esta cola era de esas que se menean tan fuerte que todo el cuerpo se sacude con ella. Un momento. ¿Que se menea? Solo un animal menea la cola cuando está contento…
—¡Es un perro! —gritó Pablo, antes de que siquiera pudieras decirlo. No pudo evitarlo. Estaba demasiado emocionado para esperar. Y qué perro. Ojos grandes y bobos. Una nariz negra enorme. Una sonrisa que decía: —Me acabo de comer tu sándwich y no me arrepiento de nada.
—Ahora te toca a ti —dijo Pablo, deslizando su lápiz por la mesa. Empieza con formas simples: círculos, cajas, nada complicado. Sigue los pasos y mira lo que pasa. A lo mejor te sorprendes. ¿Y cuando termines? Levanta tu dibujo y di las palabras mágicas: